La salida de Puente la Reina puede hacerse cruzando la ciudad —siempre desaconsejable a caballo debido al intensísimo tráfico y a las cerradísimas curvas— o bien, llegando al albergue, tomando un camino a la izquierda que conduce, cuesta abajo, hasta un pequeño puente que cruza un aún más pequeño arroyo. Allá, a la derecha, se trotarán doscientos metros escasos para volver a subir hasta la mismísima salida del pueblo, aunque en este caso no se vadea por el puente románico de seis ojos tan famoso y tan hermoso. Lo cual es una ventaja añadida, porque al atravesar el moderno puente se tiene una impecable vista del antiguo que lógicamente, no se tiene estando sobre él. Sin embargo hay que tener cuidado —si se elige esta alternativa— porque unos grandes cartelones indicadores del Camino llevarán al caminante hasta una carretera asfaltada y abandonada que asciende hasta el alto de Mañeru para luego descender hasta esta villa. Para evitarlo hay que observar que justo a la salida del puente nuevo hay una mal indicada senda que transcurre junto a la cuneta izquierda de la carretera y que, al igual que la ruta anterior, acaba en Mañeru, pero es menos tortuosa, menos dura y, por supuesto, no está asfaltada. Hasta Cirauqui, siguiente pueblo, se tiene un paseo precioso pero de una fisionomía claramente más envejecida al sol. Sí se ven cebadales y trigales —qué amapolas: brasas— pero ya las espigas no tienen la misma altura ni los caminos el mismo jugo y ni siquiera las nubes son oscuras y tremebundas. Se pasará por ancha vereda junto a un bonito cementerio, y después, en un sendero culebrero, por entre huertas pequeñas hasta entrar en Cirauqui —en vascuence 'nido de víboras'—. Calles empinadas y empedradas, casas ostentosamente blasonadas, ventanas de negra y excesiva ferramenta, ecos frescos por sus callejones umbríos hacen de este pueblo una de las más bellas villas navarras.

A la salida de Cirauqui, un tramo de auténtica —y por supuesto hecha polvo— calzada original que corre entre unos paupérrimos y pretendidos cipreses lleva al peregrino hasta un puente medieval que se encuentra en estado de derribo inminente desde hace varios siglos a pesar de sus sucesivas restauraciones. La calzada y su puente tienen un encanto especial y, habiendo venido de las calles de Cirauqui, es fácil sumergirse en el ambiente que debió tener la ruta Jacobea hace toda una era. Pero no hay que dudar: es perfectamente posible cruzarlo a caballo.

Poco después, y antes de llegar a Lorca, se encontrará un pequeño, gótico puente de piedra —mojado por un río de aguas algo turbias: es el famoso río Salado en el que Aymerich tuvo la desgracia de ver morir a sus cabalgaduras. Aprovechó para decir pestes de los navarros —léase su descripción algo más arriba— y de como estos, sabiendo que las aguas eran ponzoñosas y habiendo afirmado que eran buenas para beber, esperaron agazapados el envenenamiento de las bestias para una vez muertas desollarlas en el sitio. Todo eso quizá sea cierto, pero hoy día los caballos se bañan y beben sin el menor contratiempo con las patas hundidas en el limo, la cabeza en la sombra del puente y el ruido de la autovía, demasiado cercana, en las orejas.

Quizá no sea prudente beber de esas aguas, porque a dos kilómetros escasos se encuentra Lorca y, en su plaza mayor, una fuente especialmente apta para las bestias. Lorca tiene también la limpieza de aire y de concepto común a tantas villas navarras: altos muros, mucha piedra y mucho blasón, verjas, portalones, callejones e iglesonas. Al salir de Lorca, casi sin salir de Lorca, a la derecha según se sale de la plaza y a unos cincuenta metros escasos de ella, bajando una pronunciada pendiente de cemento, se alcanza un tramo de una carretera nacional casi en desuso. Su única vida se la dan los camiones que se detienen en un bodegón —El Molino— allí sito y que sirve de apoyo a la parada del autobús que va a Estella. Es un buen lugar para los caballos —si bien no excelente— y muy bueno para los jinetes. Se come fornido, se refrescan sudores y gaznates y el vino es fuerte, fresco y alegre. C. J. Cela nos recuerda que existen cinco motivos para beber vino: «por la llegada de un amigo, para disipar la sed del momento, para prevenir la sed del futuro, por la calidad del vino y por cualquier otro motivo distinto de estos». Sin embargo aún queda un largo y hermoso tramo hasta Estella o Irache, por lo que es más que aconsejable la mesura en la comida y la sobriedad en la bebida. Los jinetes, ya se sabe, tienden a comer como señores y a beber como bellacos, pero a menos que se haga el alto en un invierno crudo es preferible ser frugal y melindroso, pues los sudores son el futuro más próximo.

Saliendo de este local —según se mira Lorca, a la derecha— el Camino, a pesar de que en algunas guías figura inserto en el asfalto, recorrerá una senda paralela, muy cercana pero no encima, de la carretera N-111. Poco después se desviará a la izquierda por entre campos de cereales ondulados y solitarios y pronto se tendrá la sensación de haber perdido la senda. Algunos viñedos, tractores lejanos y casitas de pradería jalonan el paisaje, pero ninguna señal evidente parece indicar que tomando cualquier camino hacia el oeste —la derecha del jinete— se alcanzará en menos de un kilómetro Villatuerta.

Para entrar en la villa hay que encaramarse a otro puente de piedra que al igual que los dos anteriores es una deliciosa ruina a pesar de todas sus restauraciones. Llaman un poco la atención sus anacrónicos tajamares, pero no desentonan y, sobre todo, retrasan la destrucción del puente entre riada y riada.

Se remonta una bonita ladera y se alcanza la cima del promontorio, desde donde se puede gozar de una maravillosa vista y de una fresquísima fuente cuya agua mana de un caño inserto en un cilindro de hormigón de dos o tres metros de altura. Basta recorrer un grato sendero entre huertas anémicas y tórridas para encontrarse con el cementerio donde residen los muertos de Estella a las puertas mismas de la ciudad. La entrada es algo ingrata para las caballerías y la salida es aún más peligrosa,realmente parece una trampa para incautos. Para cruzar el río —so pena de que se quiera continuar por la carretera— hay varios puentes. El más atractivo y hacia el que todas las expediciones se dirigen es un puente románico—puente de la cárcel, volado en 1873 durante las guerras carlistas— a cuyo centro se llega trepando por una empinadísima rampa de cemento liso y resbaladizo. Lo malo es que la bajada es una empinadísima rampa de cemento liso y resbaladizo y el pretil del puente no alcanza a sugerir la menor protección, y una vez en lo alto pocos caballos conseguirán bajar sin importantes resbalones. Es toda una experiencia, pero aconsejamos tomar el primer puente —de hierro y madera— que se ve según se llega a Estella por la senda del Camino. Es más seguro, más cómodo y se goza de excelentes vistas.
Cuidado con las cabezas.
Una vez cruzado el río y girado a la derecha, a mano izquierda destacando como un túmulo funerario está la iglesia del Santo Sepulcro. Si el peregrino es avisado y se ha informado debidamente procurará llegar a Estella bien por la mañana, bien para pasar la noche, porque Estella, la Toledo del norte, en cualquier guía del Camino ocupa un importante capítulo y con razón. Fue, además, una ciudad prácticamente tomada y hecha por los francos —vulgo franceses— tanto a sus costumbres como a sus modos.

Sobre la monumentalidad de Estella no nos extenderemos lo más mínimo, pues sería una faena larga y tediosa y, además, un plagio de la guía más completa de la que pudiéramos echar mano y que seguro ya el lector posee. Sin embargo sí nos permitiremos insistir en la conveniencia de admirarla, especialmente la iglesia del Santo Sepulcro, el palacio de los reyes de Navarra, Nuestra Señora de Rocamador, Nuestra Señora de Puy y, sobre todo y muy especialmente,
San Pedro de la Rúa.
Si se ha cruzado el puente de hierro y madera y admirado el pórtico de la iglesia del Santo Sepulcro, basta continuar unos metros para encontrar, en la calle de la Rúa y antes de la calle de las Tiendas, el poco evidente albergue de peregrinos, sello de rigor y sede de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago y donde, además de contar con buenas camas y duchas calientes, se puede solicitar el asilo de hasta cinco caballos en un patio interior. Siguiendo calle adelante se llega a una confluencia con la N-111 y a un inevitable tramo con tráfico rodado urbano, pero instantes después, recién pasada la gasolinera, un desvío a la derecha, a la comarcal 111, conduce hasta Ayegui. Este es un camino doloroso, ingrato, duro e incluso feo, pero se ha de estar atento: antes de volver a la N-111 es posible tomar
un camino de tierra que, paralelo a la carretera, lleva hasta el Complejo Irache, donde se encuentra uno de los más agradables picaderos de todo el Camino. Lo más aconsejable es preguntar al llegar a Ayegui, pero es conveniente —ya se sabe cómo informa el paisanaje— consultar al menos tres veces. Se tendrá la sensación de haberse perdido hasta que, de pronto, se ve la mole del hotel Irache. Otra alternativa es cruzar la carretera hasta el monasterio de Irache y desde allí encaminarse hacia el hotel. Casi nadie quiere perderse el monasterio de Irache, especialmente por su famosa fuente del vino gratis donde se lee: «Peregrino, si quieres llegar a Santiago con fuerza y vitalidad, de este gran vino echa un trago y brinda por la felicidad». Pero allá otro cartelón previene contra la gula y la rapiña advirtiendo que «a beber sin abusar te invitamos con agrado. Para poder llevar, el vino ha de ser comprado». Así que nada de llenar las botas.

Y hay una webcam en: http://www.bodegas-irache.es/
El picadero Lau-Mendi, propiedad de Jesús María de Carlos, es uno de los grandes alivios para el peregrino de a lomo. A escasos metros del hotel —de más que dignas instalaciones— goza de todo cuanto un caballo cansado necesita además de preciosas vistas y simpatía desbordante. El propietario, Jesús, como ya comentamos, es hombre activo, de pelo negro, entrecano y rizado, bellísima persona de sonrisa franca y amante de su oficio, desinteresado y experto caballista. En su casa se habrá de encontrar buena paja y heno fresco; piensos finos y establos limpios; cuidados esmerados y excelentes precios.
El hotel Irache está muy bien. Sobre todo está cerca del picadero y cuenta con un restaurante amplio y un personal acogedor, las habitaciones son modernas y cómodas y el precio está a tenor.